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El realismo es un concepto que, aplicado a la obra de arte, se emplea con frecuencia de modo equivocado. Se dice, por ejemplo, que un retrato es realista cuando reproduce con exactitud la forma y los detalles exteriores del modelo. Un caso análogo es el del retrato académico: aquí el pintor acata y representa la imagen idealizada que el propio modelo ha preparado de si mismo. El llamado retrato realista y el retrato académico - consagración de las apariencias - no han sido capaces de develar la realidad oculta tras la imagen. Confundir estas minuciosas y a veces excelentes tareas artesanales con el arte de expresar el se interior del personaje ha sido error que hoy ha traído el descrédito de esos géneros. El catalizador de la verdad ha sido siempre la imaginación - no la fantasía - que a través del rostro descubre y revela el carácter profundo, los valores, las tensiones, las carencias del que posa. Un gran pintor de retratos es aquel que extrae y nos muestra la oscura verdad del retratado.

Cuando Francisco Abril de Vivero me dijo que había pintado una serie de retratos que podían llamarse imaginarios porque los había hecho sin hacer posar a sus modelos sentí una gran curiosidad. Al verlos en su taller, se reafirmó mi convicción acerca del valor insustituible de la imaginación - facultad no sensorial de aprehender un estrato invisible de la realidad - en la creación de obras de arte. En estos retratos el conocimiento o la intuición del espíritu del modelo, la eliminación de la pose y la puesta en marcha de la imaginación han confluido para recrear, con penetración y desenvoltura técnica, la verdad existencial de los retratados. La misma rotundidad expresiva de esos rostros les otorga un parecido mayor, paradójicamente, que el que obtendría una trabajosa copia de los rasgos durante varias poses: estos rostros son los que transparentan y nos conducen al fondo - a veces insondable - de cada personaje. No cabe, dentro de los límites de este texto analizar las excelencias de estas pinturas. Baste señalar, por ejemplo, la intensidad que emana del retrato de César Moro: el horror que el candor iluminan el rostro del niño terrible y lúcido que era Moro, solitario en el gran incendio de la tela. "El pintor - escribía Caspar David Friedrich, el paisajista romántico alemán - no debe pintar solamente lo que ve ante el sino lo que ve en el interior de sí mismo. Y si no ve nada en sí mismo, debe cesar en el acto de pintar lo que está ante él.


Carlos Rodríguez Saavedra